CARTA ABIERTA A ALEJANDRO SABELLA, por @JuanButvilofsky

Octavos de final. Si perdés, te vas. Y si ganás, festejás, exageradamente, hasta el próximo parto Mundial. Estas fiestas paganas que suceden cada cuatro años te devuelven a tu estado esencial. Y esto nada tiene que ver con lo primitivo del ser. Al carajo quien crea que los que disfrutamos de un juego, de vez en cuando, somos un grupo de gente abstraída de la realidad, sub normal.

Los estados emocionales acumulados durante cada Copa del Mundo vuelven a aflorar, fusionados, en cada presentación de la selección argentina, aún si no te gusta el fútbol, aún si no lo jugaste jamás. Las parálisis sociales que se dan cada vez que se presenta la Selección nos remontan a un rincón de nuestra historia personal, a lugares mágicos de nuestra niñez, a los brazos de amores que ya no están, a la casa de tu infancia, a la esquina de tu cuadra, a esa plaza, a una radio, a esas lágrimas que brotaron por el gol de Diego, o por un penal de Goyco, o por Messi, un poco más acá.

A mí no me importa nada el concepto de patria impostado. Ni la argentinidad. Ni el himno que me enseñaron a balbucear. Ni los límites geográficos. Mi sentido de pertenencia con todos trasciende lo celeste y blanco. Pero en este caso puntual, durante el Mundial, la comunión con lo lúdico me recuerda qué entendí, o qué entendió mi cuerpo, acerca de la felicidad. La felicidad de a ratos, en medio de un laberinto en clave adultez que aburre, pero que hay que afrontar. Tengo ganas de festejar por un partido de fútbol. Y no me lo cuestiono, ni me lo voy a cuestionar, jamás.

Soy periodista. Pero antes soy hincha. Y antes soy el chico que soñó con ponerse la camiseta de la Selección. Por eso, sin quitarme el traje de observador crítico, le deseo a Sabella lucidez, valor y buena fortuna, toda la que ande yirando por ahí, por la Avenida Brasil que conduce al Maracaná.

Su éxito personal, Sabella, es nuestra excusa para salir a la calle a gritar. Sus aciertos, Sabella, son otra oportunidad para brindar. Sus alegrías, Sabella, son fiestas paganas, acá y allá.

Hoy somos Usted, Alejandro. Somos niños jugando, como la primera vez. Este es un milagro que se revela cada cuatro años de humanidad. Sueñe, Alejandro, hasta el final de este sueño, por favor. Yo no me quiero despertar.

Por @JuanButvilofsky para @TablonArgentino