CHAPECOENSE, Y EL HILO INVISIBLE, por @JuanButvilofsky

chapeco

Palabras para deshacer el nudo del pecho. Palabras para entender por qué la muerte es siempre diferente. Palabras para mirar a la muerte a los ojos, comprender mi finitud, y aceptar la finitud de todos, salvo la de la energía que conduce las cosas, el hilo invisible.

Accidentes, coincidencias, casualidades, causalidades, destinos, historias incompletas, historias sin sentido, historias completas y metafóricas, mensajes Divinos.

Yo también quería ser jugador de fútbol. De hecho lo soy, todos los lunes. Y lo fui y me comporté como tal desde la primera vez que le pegué (mal) a una pelota. Y si no intenté ser un futbolista profesional fue por mis limitaciones técnicas, porque evidentemente no quería asumir el comportamiento de un futbolistas profesional y, siempre, por el destino. Porque alguna vez se cruzó en mi camino esa oportunidad. Cuando cursaba el cuarto año del colegio secundario y defendía con pasión la camiseta de la selección del Instituto Agustiniano, tal vez en mi pico de rendimiento físico (ciento ochenta centímetros, setenta y tres kilos y tres pulmones, por aquel entonces), el técnico del equipo, que había trabajado en las divisiones menores de Chacarita, invitó a gente del club a un partido en el La Salle para que me analizaran. Yo podía correr sin parar durante dos partidos de noventa minutos. Tenía gran cabezazo ofensivo. Técnicamente, rudimentario. Con ese combo podía sobresalir como primer marcador central. Amaba la previa de cada partido. Amaba la práctica con mis amigos, la de los jueves, en la canchita del colegio. Amaba los viajes en micro desde San Martín hasta el colegio que fuera, porque siempre éramos visitantes, ya que el Agustiniano no tenía cancha de once. Amaba cambiarme en el vestuario. Me emocionaba recibir la camiseta número dos. La besaba como a una mujer amada. Amaba el ruido de los botines contra las baldosas del vestuario. Amaba las mismas odiosas bromas boludas de siempre de mis amigos de siempre. Amaba a mi miedo escénico, y amaba desafiarlo barriendo, gritando y arengando. Amaba ganar. Amaba pelotear con Javier y Rata después de una derrota, detrás de la cancha, mientras planificábamos a dónde íbamos a ir a bailar un rato después. Amaba volver en el micro hasta San Martín, cantando con los chicos. Todavía mi acuerdo del himno, de nuestra bandera, “tenés que dejar el alma y al corazón”. Y cuando hacía un gol… En total hice tres para mi selección. Nunca antes en mi vida (ni después) sentí algo igual dentro del cuerpo. Un estallido del sistema nervioso a partir de un estallido desde el corazón. Y la vuelta carnero sin manos, mi marca registrada. Y la alegría de mis amigos, corriendo para abrazarme, celebrando el gol como propio, porque éramos eso. Uno.

La historia de la prueba en Chacarita nunca nació, porque ese día, cuando me vinieron a ver, el técnico me puso de cinco, porque de dos volaba, estaba sobrado. Destino. Jugué un partido razonable, nada fuera del promedio. Y no desperté mayor atención. Y así pasó ese tren, o ese avión.

La muerte de los chicos de Chapecó me duele en el centro del pecho porque es la muerte del brillo de ese rito. Mi rito. Ellos eran Uno. Todos, al fin y al cabo, los que disfrutamos de este juego irracional, estamos atravesados por ese hilo invisible que hace de nuestra existencia un disco retro de dos caras, el lado A, la rutina, y el lado B, o el A, entre nosotros, el hecho de fundirse en la esencia de todo lo que genera una pelota. Se murió un pedazo de esa energía que nos contiene, cuando se cayó el avión que llevaba hacia una nueva aventura a los chicos del Chapecoense. Se murió la risa en la previa, se murió la arenga, se murió el racimo de niños adultos celebrando un gol, se murió el hincha que juega, el sueño de un pueblo que se siente parte, se murió una secuencia de esa historia que volverá a nacer, otra vez. Porque ese hilo jamás se va a cortar. Nunca.

Hoy solo queda llorarlos. Ya serán Uno otra vez. Tal vez ya lo son, y justamente sean el hilo invisible, el Divino vector. Ellos, hoy, si del juego hablamos, EL juego, son Dios.

@JuanButvilofsky