CRÓNICA DE UN SUEÑO DE INVIERNO, por @JuanButvilofsky

Soy rehén de un combate cuerpo a cuerpo que se desató ayer dentro de mi cabeza, desde que el helado Götze se convirtió en fuego. Me brota gratitud hacia los chicos argentinos. Me pesa la pena por lo que pudo ser, pero no fue. Acepto, convencido, que la selección alemana fue el mejor y más exuberante equipo de la competencia. Y aplaudo de pie al guiño del destino que nos privó del éxtasis, pero evitó la foto que hubiera barrido debajo de la alfombra tanta muerte y desatino, la foto de Dilma, abochornada, rehén de un Blatter inescrupuloso, junto con Grondona y su “Todo Pasa”, abrazos a la Copa.

La final fue otra muestra más de cómo la Selección se adaptó a cada uno de los obstáculos que le contrapuso el torneo más difícil de todos. Sin Ángel Di María, y con lo que quedaba de Sergio Agüero entre los suplentes, Gonzalo Higuaín, que debió ponerse a punto para jugar un Mundial jugando un Mundial, y Lionel Messi, el que más perdió por la mutación del esquema, fueron los protagonistas de dos de las tres oportunidades que el encuentro le ofreció a la Argentina. No podría reducir los intentos fallidos solamente a la falta de puntería, pero dejemos que cicatrice esa herida. La formación de Sabella, claramente, pudo ganar la final de la Copa del Mundo. La Copa del Mundo, claramente, quedó en manos del conjunto más logrado. Ellos ya habían obtenido otro título al hacerle siete al patético Brasil. Recompensa global a medida.

Podríamos dedicarle una línea al grosero penal que Neuer le hizo a Higuaín, pero, otra vez, estaríamos perdiendo el tiempo. Y lo que se viene son tiempos decisivos. A partir de lo que decida Sabella, habrá que pensar al futuro de este equipo inolvidable, y habrá que pensar otra vez a todo el fútbol argentino. No pueden convivir tipos con la ética de Sabella y Mascherano con revendedores de entradas. No puede convivir la segunda mejor selección del mundo con un campeonato local anacrónico e involucionado. No puede convivir la Asociación del Fútbol Argentino multimillonaria con clubes fundidos. La foto con la Copa habría tapado todo lo que ya no se puede disimular. Ese es mi romántico consuelo de tontos.

Lionel Messi no fue el mejor jugador del Mundial, pero es el mejor jugador del mundo. El Balón de Oro que para él no significó “nada”, también debe sumarse a la colección de logros de esta Selección que modificó los hábitos de los argentinos. Lío le sacó el miedo escénico a TODOS durante la fase grupos. Fue el abanderado de la corrida épica junto con Di María ante los suizos. Se bancó a las ligustrinas belgas cuando se cruzó el Rubicón. Y sufrió (mucho) a cada una de las movidas estratégicas que buscaron (y lograron) equilibrar al costado anárquico del equipo. No debe ser fácil ser Messi. Y que figuras planetarias como Messi o Neymar se hayan manifestado, en general, con tanta grandeza, multiplicará maneras fantásticas para quienes los consideran ídolos.

Para el resto del plantel, desde el GRAN Mascherano, la figura criolla del Mundial, hasta Augusto Fernández, que no jugó ni un minuto, como Orión, o como Andújar, GRACIAS. Lo escribí en más de una oportunidad, y lo repito: por ellos, todos fuimos niños durante un mes. Nos reencontramos. Nos reunimos. Celebramos. Y gambeteamos a la tediosa adultez. Y lloramos la partida de la hija de Tití, y el increíble accidente de Topo López. Y nos pusimos de pie, como pudimos, para afrontar la final que perdimos, por esas cosas del fútbol. Y GRACIAS a ustedes también, amigos lectores, que se subieron a mi mundial de goles, quejas, ideas, susurros y alaridos. Lo valoro muchísimo; le da sentido.

¡Chau, Brasil 2014! Se terminó este mágico sueño de invierno… Abracen al plantel de Sabella como quien recibe a un amigo. Atesoren este mes por siempre. Y vuelva siempre a este lugar, al Tablón. Los voy a estar esperando, agradecido, con deportes, entretenimiento y pensamiento crítico.

Por @JuanButvilofsky para @TablonArgentino