EL GRITO, por @JuanButvilofsky

El grito se clavó en mis tímpanos como una daga filosa, como un Tramontina nuevo… El –Juaaaaaannnnnn- no era algún ruido feroz de mi imaginación; aquel llamado a la solidaridad era una audible súplica desesperada, que había explotado con nitidez, desde las tripas de mi casa, que lucía evidentemente vacía…

Subí corriendo, bajé despacio y volví a subir. Miré hacia delante, volví sobre mis pasos, me tiré debajo de las camas, ¡me encontré un peso!, visité los baños, descendí aturdido, y me dirigí hasta el jardín posterior, donde el –Juaaaaaannnnnn- me estremeció otra vez…

Pensé en espíritus, y se me erizó la piel… ¿Almas en pena, en tránsito, purgando culpas en mi hogar?, murmuré. Pensé en mi familia, y perdí el control. ¿Quién está sufriendo, qué cosa, dónde, por qué?. Luego me pellizqué. No estaba soñando. Pero un tercer –Juaaaaaannnnnn-, que tronó de frente, me despertó de mis dudas y me guió hasta la respuesta subterránea, hundida debajo de mis pies…

Me adentré en el jardín, un terreno largo, con un limonero, algunos malvones y mucho barro, y la encontré. El fantasma no era fantasma. Los gritos eran hijos desesperados de la garganta poderosa de mi tía postiza… Y ahí estaba Lidia, la señora que ayudaba a mi mamá a lavar la ropa, ¡tres metros por debajo de la superficie de la tierra!, presa dentro de una lúgubre habitación con paredes de barro, antigua cámara séptica mal rellenada, que se había tragado a la Doña mientras colgaba un bóxer, que ahora yacía en el fango húmedo, junto con una chinela de la desgraciada doncella…

A la foto final sólo le falto música. Este joven periodista, el de deportes, con el torso desnudo, sostenía en sus brazos a lo que quedaba de Lidia, y la mecía, como quien acuna a una beba santiagueña de noventa y dos kilos, mientras se espiaba los bíceps pintados con humus al grito de –¡le salvé la vida!, ¿me prepara un café con leche, Lidia?-.

Riquelme me recordó a esa inolvidable historia verídica. Los gritos de Bianchi, huérfanos de respuestas, se ahogaban en el barro de la desidia. Hasta que apareció Román, la reserva moral de un Boca penoso, el héroe que besa al presente con los valores del pasado, para despertar a los hinchas de otra dominical (y recurrente) pesadilla. Lo imaginaba al Diez, dentro del vestuario, sosteniendo al orgullo del DT en sus brazos, sabiéndose, otra vez, salvador de esa causa perdida. A Riquelme no hay que renovarle nada. Sólo hay que preguntarle, con respeto, y por una cuestión de decoro, qué tiene ganas de hacer con su vida.

Juan Román Riquelme, otra vez, rescató a Boca del infierno, como alguna vez un periodista con bíceps de acero rescató un bóxer, a la chinela, y a Lidia…

Por @JuanButvilofsky para @TablonArgentino