GIMNASIA Y RACING, por @JuanButvilofsky

El profe que estaba a cargo del gimnasio de mi barrio tenía el cráneo hundido a la altura del ojo izquierdo. Era un cráter del tamaño del pómulo de un tipo de casi dos metros. Una mancuerna traviesa, durante una serie de quince repeticiones de fuerza de pecho, le había aplastado una porción de su férrea portada.

A él eso le importaba poco (y nada). Era un verdadero fanático del físico culturismo; esa era su pasión; amaba a las pesas como “Romeo” a “Julieta”, como una madre a su hijo, o como Racing a Milito. Con una sonrisa franca, cada mañana, el “hombre montaña” nos repetía que el mejor desayuno eran las claras de huevo, que los esteroides no eran tan malos, porque detenían la caída del cabello, y que cada dos horas había que ingerir almendras, pasas de uva, bananas y unas pastillas azules, chiquititas, que él tomaba para que sus pectorales no se volvieran mamas…

La pasión de los hinchas de la Academia de Avellaneda me recuerda a la pasión inexplicable de aquel profesor de gimnasia. Es convicción por la causa a prueba de balas. Ni un descenso, ni las sequías prolongadas, ni jugadores paja. Nada interrumpió jamás el idilio del pueblo por la camiseta celeste y blanca. Y por cada garrón, este domingo, cayó una lágrima. Me alegran los finales felices. Soy una princesa Disney encerrada dentro de un ex zaguero central rústico, que ahora hace radio con ganas. Felicitaciones, Racing, y un aguante para el profe, o lo que quede de él. Al amor irracional no lo abolla nada.