GRACIAS, MUCHACHOS… Por @JuanButvilofsky

Que se termine ya, y que no se termine nunca. Estoy jugando el Mundial, desde mi rol, el de periodista profesional, y como hincha, por supuesto, y como jugador amateur, que sabe siempre perfectamente lo que el futbolista de elite debe hacer.

Tengo las piernas cansadas. La cabeza, en realidad, que es mi herramienta. Es una suerte de resaca leve, la liviandad pesada del día después de una fiesta. Mi generación, la contemporánea a la mano de Dios, barrilete cósmico, de qué planeta viniste, asume al paso hacia las semifinales de la Selección en Brasil como un logro en sí mismo. Por supuesto que quiero ver a Messi besando la Copa, apasionadamente, y en la boca, pero esa ya es otra historia.

No estoy de acuerdo con los que sentencian que nuestro equipo “aún no ha jugado con nadie”. Por primera vez en su historia, la selección nacional ganó los primeros cinco partidos de un Mundial, pero eso, de todos modos, no es tan importante. La montaña que se escaló, que mide veinticuatro años de altura, es la delgada línea que separa al fracaso, otro fracaso, de una gesta, que vale una chance, LA CHANCE.

Los puños apretados de Javier Mascherano, desplomándose como quien gana un torneo; el desmayo en cuotas de Alejandro Sabella, que ya sepultó a la mano-peine de Carlos Salvador Bilardo; las risas contagiosas de todos, y la del Pocho, un atorrante; un grupo humano fantástico; la gente en las calles, y en las playas, en Río, celebrando… Señales… Recuerdos en tiempo presente… La confirmación de que ya se ha conseguido algo, y bien pesado.

Y lo pesado ahora será viento en la cola. La “mierda” que se supo masticar, como dijo Mascherano, ahora es perfume de gloria. La gloria o Devoto ya no es el destino que está por venir. En todo caso, si no somos campeones del mundo, recordaremos con una sonrisa a esta aventura futbolera. ¿Qué estabas haciendo vos, aquel día, aquella hora, durante esta Copa?

Es cierto que este equipo no tiene un estilo definido. Es verdad que Sabella tropezó una y otra vez durante la competencia. Y que hay rendimientos individuales desparejos, porque son distintas las destrezas. Y todo lo que usted quiera. Pero siempre hubo una respuesta ante el problema que formuló el destino. Fueron volantazos oportunos, maniobras de Play Station, andamiajes colectivos ascendentes y otras yerbas. Siempre floreció una idea sobre la arena.

Me queda poca nafta en el tanque. Supongo que los chicos de esta Selección también deben estar padeciendo a la picadora de carne y espíritu, con forma de competencia. Pero no me voy a bajar ahora, ni loco, del barco colectivo celeste y blanco. Sigo corriendo, agotado, por la Avenida Brasil que te lleva al Maracaná. Y creo además que lo mejor está por venir en materia de rendimientos, porque lo que asfixiaba hoy es viento en la cola, es un puente hacia la gran fiesta.

No voy a pedir el cambio, Alejandro. Me quedan dos vidas, aunque luzca entregado. Estoy feliz. Me hicieron feliz, muchachos. Sea cual fuere el final de este cuento, GRACIAS, selección argentina. Estiraron al recreo de mi adultez hasta límites insospechados. Yo quiero seguir jugando. Ustedes, jueguen, como nunca antes, libres de toda presión. Para mí, para mí, eh!, la misión está cumplida. Ya ganaron…

Por @JuanButvilofsky para @TablonArgentino