RIVER VOLVIÓ A SER RIVER, por @JuanButvilofsky

Después de estrellarse sin gracia contra el tablero de madera ajado, la pelota de color naranja había llovido sobre mis manos… El dramático juego estaba igualado… Esa batalla era mucho más que un duelo de básquet parejo; ese instante, en aquel patio, era LA chance; era MI vuelo con destino al bronce de los respetados…

Unos cincuenta chicos del colegio, anonadados por lo que estaban viendo, habían postergado la merienda para ser testigos del desenlace de ese histórico partido… Cuando el profesor de gimnasia me gritó -¡Última bola, Juancito!-, decidí ejecutar la maniobra decisiva sin la ayuda de terceros, envalentonado. Corrí derecho, unos veinte metros, como un alienado, arrollé a dos rivales y al árbitro, frené debajo del aro, piqué la bola dos veces y me jugué un pleno… La pelota naranja, burlona, yiró una, dos y hasta tres veces sobre el anillo oxidado, pero no entró: me llovió otra vez sobre las manos… La final de básquet de quinto grado ya era historia; había terminado 0 a 0… Lo repito, por si alguno supone que me equivoqué: ¡La final de básquet terminó 0 a 0! (Todo es verídico en este relato)…

River no dejó pasar su chance, como alguna vez hice yo, durante un horripilante juego de básquet. River volvió a ser River porque ahuyentó fantasmas con su legado histórico. Se impuso en el día más importante de su historia contemporánea con jerarquía, sin dejar dudas, dando espectáculo. A decir verdad, River nunca dejó de ser River. River, en todo caso, le entregó el alma a ese diablo con forma de ciclos políticos nefastos.

Fernando Cavenaghi tampoco dudó este domingo, ni un solo instante. Su rendimiento fantástico condensó temple, técnica y, fundamentalmente, liderazgo. Aún dando ventajas físicas, sin ser un asesino serial de frente a los arcos, el “Gordo” fue EL hombre de la gesta heroica, porque absorbió los miedos de sus compañeros. Los mismos futbolistas que habían penado afuera y adentro durante el semestre pasado, y que habían ocupado el decimoséptimo lugar del escalafón vernáculo, mostraron sus versiones más lúcidas. Ya no tenían que ser los salvadores. Sólo tenían que acompañar, a la altura, al capitán de este barco.

Este River es todo de Ramón Díaz. Y Ramón no volvió a ser Ramón por alguna declaración simpática. De hecho, en ese rubro, se fue alguna vez al paso. El riojano volvió a ser porque respaldó a Barovero en un momento bravo, porque consolidó a Balanta, porque creyó en Ledesma, porque convenció a Lanzini, y porque adiestró a ese corcel indómito, Teo, uno de los dos colombianos. La columna vertebral (y lo accesorio) es obra del DT, y de su ayudante, su amigo, el chico que gambeteó a los prejuicios (incluso a los míos): Emiliano.

Que River haya vuelto a ser River nos conviene a todos. Que a los gigantes de este juego, en una sociedad arraigada a la instituciones deportivas y a sus tradiciones, les vaya bien, multiplica.

¡Salud, hinchas del Millonario! El ángel de ayer vuelva vigente, otra vez, sobre el barrio. En Núñez, y en todos lados. Celebren como nunca antes. Habrán notado que ganar siempre no está garantizado. Brinden con el mejor champagne, a lo River. La bola naranja entró limpia, como en los buenos viejos tiempos, exactamente por el centro del aro.

Por @JuanButvilofsky para @TablonArgentino