SANTIAGO QUERIDO Y LA CONCEPCIÓN DE OTRO ÉXITO, por @JuanButvilofsky

Dos días en la vida nunca vienen nada mal, canta Fito, y yo adhiero. Dos días en Chile. Dos días dedicados para viajar a través del sentir de la Nación anfitriona de esta nueva y centenaria, o casi, Copa América. Dos días de fiesta…


SANTIAGO QUERIDO.

Me impactó sobrevolar la cordillera, cuando cruzamos Mendoza rumbo a Santiago, y descubrir picos sin nieve. Se veía como un paisaje serrano, árido, con tonos marrones y algún manchón blanco, aislado. El taxista que nos acercó al hotel confirmó la presunción. La sequía golpea duro a esta parte de Chile. Golpea en cuanto al clima, agudiza la polución dramática y castiga a los emprendedores que necesitan del agua.

Santiago luce ordenada, coqueta, al menos su cara más céntrica. La amplitud térmica es ancha. Cero, a primera hora, y llega hasta los veinte, cuando calienta el sol. Toda la Nación cuestiona por estas horas a su presidenta, por un escándalo que protagonizó su hijo.

Toda la Nación, además, está detrás de la Roja. El entusiasmo es cuestión de Estado. Impacta, por su historia y por su presente, el Nacional de Santiago. Cuarenta y seis mil personas, entre los que estábamos un puñado de infiltrados, gozaron y sufrieron a un equipo que goza de buena salud técnica y sufre por el vértigo de su estrategia osada. Y padece, evidentemente, por la ansiedad del pueblo, que desea ganar la Copa de manera dedesperada. Le tienen respeto a la Argentina de Messi, mucho. Quieren al Paraguay de Ramón de cara a la última gala. Esa historia comienza hoy. Y aquí estoy para contarlo.

LA CONCEPCIÓN DE OTRO ÉXITO.

Concepción parecía Bariloche, desde arriba, al menos en mi imaginario, pero tampoco descubrí nieve. Muy verde, con ríos que se funden con el mar cada vez que mirás desde el avión hacia abajo, te sorprende vital, poblada y activa. Casi dos millones de habitantes, a lo Córdoba, por ejemplo. Nada que ver respecto de lo que imaginaba. Está ubicada a unos quinientos kilómetros de Santiago. El taxi tenía un Plan B, gracias a Dios, para evitar el colapso de una arteria que te deja en la puerta del Estadio. Conocimos a su Lado B, con mucha más pobreza que la Capital, a cada paso. El aire está limpio. Atrás quedó la polución de Santiago de Chile, agobiante para nariz, garganta y ojos.

El estadio parece nuevo; es muy bonito. Me explicó un lugareño que iba a ser inaugurado en 1962 con todas las luces, pero el terremoto chileno de 1960 obligó al gobierno a cambiarle el destino a determinadas partidas. Aquella vez se estrenó incompleto. Hoy es una cancha hermosa, coqueta, estridente por sus butacas azules y amarillas. Los locales se hicieron sentir durante todo la noche, pero la intensidad duró lo que cada ataque de la Argentina. Le tienen pánico al poderío ofensivo criollo. Le tienen fe a esta generación dorada.

El partido fue el mismo de la fase de grupos, con efectividad para los nuestros. La remontada paraguaya del final del primer tiempo fue un estado de ánimo breve, fue un amor de verano. Messi, Di María, Agüero y Pastore juegan en el aire. Te matan. Después de abrazar a mi viejo y a los amigos que compartieron la aventura, buscamos comer desesperadamente durante dos horas, sin suerte. No había infra estructura para esa necesidad primaria. En la terminal de ómnibus, como quien descubre a un tesoro, dimos con empanadas bien grandes, y vacías. Eran colosales, pero sin relleno. Después de morderles las punta, más que un alimento, eran pantuflas de harina. Podías guardar los lentes, la billetera y comerlas y cagarte de la risa. Desde hoy, parada gourmet obligatoria: empanadas de Concepción, de aire. Dichoso aquel que encuentre dentro de ella una pincelada de tomate. Ya fue, no es para tanto; teníamos hambre. Volvimos en micro, durmiendo durante toda la noche. Una siesta breve en los sillones de un buen amigo, mariscos para despedir a Chile, y a casa.

Fue hermoso conocer este lugar del mundo, presenciar dos semifinales de Copa, convertirme en talismán (no siempre se gana 6 a 1) y pasar horas y horas con mi viejo, como dos pendejos, mal dormidos. Gracias a ustedes por ser compañeros de ruta, a través de cada crónica. Y a esperar la final. Yo ya gané. Gané vivencias, aromas, historias, momentos, media docena de empanadas vacías y nuevos amigos. Vida.