Sobre Bianchi y Ramón, las traiciones, y la Constitución del fútbol argentino, por @JuanButvilofsky

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La sensación que genera el hecho de llegar a la meta, transitando el camino de la grandeza, no tiene par. Ni siquiera se puede comparar con el éxtasis que produce ganar el mismo partido de fútbol de otra manera. El hincha de San Lorenzo gozó por el éxito ante Boca, en primer lugar, y por los fundamentos, por supuesto. El hecho de ganar no es igual a construir un triunfo decisivo, a partir de un plan ambicioso y estético, aunque el rédito sea exactamente el mismo. Y es eso lo que expone al Carlos Bianchi versión 2013; sus planeos. O este planteo, si se quiere, en particular. Porque Boca se limitó a correr detrás de la pelota, a la espera de un error del conjunto de Juan Antonio Pizzi, o de un milagrito. Y el milagrito no llegó. O en todo caso, le sucedió al ágil Torrico, quien se comportó como gato para lograr lo que nadie había logrado: contenerle un penal a Chiqui Pérez. Al fin de cuentas, el arquero hizo justicia por manos propias. San Lorenzo apostó a lo grande. Y lo de Boca fue chiquitito.

Las lesiones de Fernando Gago y Juan Román Riquelme son atenuantes válidos, aunque no parecen decisivos. Cuando Maxi Rodríguez se muda desde Newell’s hasta la selección, el líder del Torneo no cambia; sólo cambia de nombres, para seguir jugando a lo mismo. Las decisiones del emblemático entrenador minaron la suerte de Boca en este semestre. Por cada planteo amarrete, un baño de realismo.

Es cierto que, dentro del marco del reglamento de este deporte, todas las estrategias son válidas. Es tan cierto como la lógica no escrita de este juego global, tan argentino: la historia, los héroes y el sentir popular le dan forma a la identidad de un club, y el Club Atlético Boca Juniors, por hombres como Carlos Bianchi, no adhiere a la idea de la entrega (por lo que fuere) del protagonismo. Boca aún tiene vida en el campeonato. San Lorenzo ostenta un plan. La sutil diferencia cotiza muchísimo.

La campaña de River también va a contramano del imaginario histórico. Y lo curioso es que tampoco se condice con la leyenda del exitoso entrenador riojano. Ramón Díaz mutó a una versión mucho más aceitada a la hora de explicar lo inexplicable. El entrenador insignia, con su lengua, camufla de memoria a un caso que ya no se puede disfrazar. Ramón eligió refuerzos que llegaron fuera de tiempo y forma, apostó por estrategias súper conservadoras, jamás se hizo cargo de sus errores y trasladó culpas a sus futbolistas. Ramón sabe que el choque frente a Lanús será a cara o cruz. Será la gloria o Devoto. No hay espacio para su relato ante otro tropiezo deportivo.

Tal vez fuimos nosotros, los periodistas, los que convertimos a los directores técnicos en súper héroes con premio doble. Que de la mano de Carlos Bianchi, o es el equipo de Ramón, rugen las populares. Las marcas registradas sepultaron a las ideas. Y cuando alguien se atreve a cuestionar a la estatua, se pasa al bando enemigo, es traidor, vende patria, o agrede con chicanas o fundamentalismos.

Bianchi y Ramón, como vos, o como yo, también fallan. Entenderlo es el punto de partida para desterrar al vale todo, con tal de no manchar a los próceres. Nunca jamás ningún nombre propio es más trascendente que la institución que prefiera. Ese es el preámbulo de la constitución del fútbol argentino.

Por @JuanButvilofsky para @TablonArgentino