UN DÍA PEÑA ME EXPLICÓ LA VIDA.

Un mañana, Peña me explicó la vida. Para el desayuno, Fernando había pedido una botella de vino blanco. Yo, un tostado de crudo, queso y tomate, un café con leche mitad y mitad y un cuadradito de chocotorta. Hablábamos pavadas, como casi siempre; se reí conmigo, de mí, por alguna torpeza puntual, y proyectaba viajes, obras, hombres. Porque Peña proyectó hasta su último suspiro. No se quería morir, ni era auto destructivo; se anestesiada, seguido, porque le dolían algunas partes de la vida, la suya y la de todos. Porque Peña, sabio en estado de shock, en clave punk, entendía todo, incluso lo que no entendía… Scott estaba sentado en la mesa contigua, con la cabeza adentro de su notebook, armándole otra obra a Faroni. Y yo con el Olé, y Fernando con su teléfono… Eran así nuestras mañanas después del programa. Cambiábamos al mundo desde una mesita al lado de una ventana.

–Un día-, me interrumpió Fernando, mientras yo hacía cuentas con puntos y goles, -Un día yo estaba solo, en un departamento, comiendo apurado, con la ventana cerrada, pensando en fiestas, en viajes, en cumpleaños. En algo grande, extraordinario. No estaba ahí, aún estando. Y de repente, entendí que todo eso no era la vida. Esos son acontecimientos puntuales, los menos, de vez en cuando. Entonces busqué mi mejor mantel, lo tendí sobre la mesa, elegí un florero, lo vestí con flores, levanté esa persiana, para que iluminara el sol, saqué la vajilla que duerme hasta Navidad, y me senté tranquilo, a disfrutar la comida, bocado a bocado. Era el mismo lugar, la misma acción, el mismo tiempo, pero era todo distinto. Era vivir despierto, despacio, entendiendo a la vida como esa sucesión de momentos chiquitos, actos pequeños, que en suma pueden hacer de tus días algo entrañable… ¿Qué creías que era la vida, Juan? Es eso! Lo otro, de vez en cuando…-…

A seis años de la muerte de Peña, les revelo su gran secreto. Siempre vivo en una manera de concebir a la realidad, libremente. Por siempre gracias, Fernando.